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martes, 29 de marzo de 2016

Articulo Medico: El lado médico de los monstruos de terror: Vampiros y hombres lobo



    Los mitos y la cultura popular son un buen caldo de cultivo para las fantasías de terror, que van evolucionando según las sociedades. Los hechos se van desvirtuando en leyendas y lo que en principio era algo normal con una explicación lógica y racional va convirtiéndose en extraordinario y tenebroso gracias a la ignorancia, el miedo por lo desconocido y el boca a boca. Casi todo monstruo tiene un remoto origen real, escondido más allá de las pinceladas de imaginación. Mi intención con este artículo es divagar, haciendo al tiempo uso de la lógica, sobre algunos de los posibles orígenes que llegaron a crear lo que en la actualidad conocemos como vampiros y hombres lobo.
Vampiros
   Posiblemente, los monstruos más carismáticos de todos. Su sabiduría acumulada a lo largo de siglos gracias a su inmortalidad, su sed de sangre y sus rasgos estilizados no han sido desperdiciados por la industria del cine. Junto a los zombies o muertos vivientes, los vampiros son los monstruos de terror que más aparecen en la pequeña y gran pantalla. Pero, ¿qué hay de realidad en ellos? ¿De dónde surgió que no pudieran ver la luz del sol, ni tomar ajo o que necesiten la sangre para sobrevivir?
Aversión a la luz del sol
   Como todos ustedes saben, los vampiros huyen de la luz del sol ya que les provocan quemaduras si la exposición es corta o la muerte si la exposición es prolongada. Por lo que su actividad se centra en la noche mientras que por el día duermen en sus cómodos ataúdes. Existen numerosas enfermedades en las cuales existe una aversión a la luz del sol, lo que termina provocando la reclusión del individuo. Entre aquellas más frecuentes, encontramos los casos más graves de fotosensibilidad en el lupus eritematoso sistémico y algunos tipos de porfirias. Ambas podrían estar asociadas tanto a hombres lobo como a vampiros. Pero por las cualidades de cada una, el lupus estaría más unido a los hombres lobo y las porfirias a los vampiros.
   En ambas se produce una fotosensibilidad: La exposición a la luz solar provoca al poco tiempo lesiones cutáneas visibles y el empeoramiento de la enfermedad que se padece.
Un posible origen del mito podría deberse a las personas que padecían estas enfermedades. Debido a sus lesiones cutáneas y al daño que la luz solar les provocaban, tendían a encerrarse durante el día y centrar su actividad por la noche, lejos de las inquisidoras miradas de los vecinos por el aspecto de su piel. Si era necesario salir a plena luz del sol, las ropas negras, con sombrero y capa eran un buen método de protección.
   En las porfirias se produce una alteración metabólica en el proceso de síntesis del grupo Hemo. Este grupo está implicado en el transporte de oxígeno y se encuentra en los glóbulos rojos formando la hemoglobina. Debido a la alteración de la síntesis de dicha molécula se acumulan moléculas intermedias en la ruta de la síntesis llamadas porfirinas. Son estas porfirinas acumuladas en la piel las que provocan que, tras la exposición solar, se den una serie de reacciones químicas que produzcan lesiones cutáneas en forma de ampollas y quemaduras.
En casos bastante graves de porfirias, el aspecto puede dar pie a muchos mitos y más cuando hay ignorancia de por medio. Si quieren ver un caso real, aquí tienen uno: Porfiria (¡Aviso! Imágenes Impactantes). Gracias a Evil Preacher por descubrírmelas.
Palidez de la piel
   El tono de los vampiros es de un blanco casi espectral. Una explicación a esta descripción tan tópica podría ser debido a la anemia por déficit de hemoglobina consecuencia de la porfiria. Al no sintetizarse suficientes glóbulos rojos y de la calidad adecuada, uno de los signos más llamativos es la palidez cutánea.
Intolerancia al Ajo
   La alteración de la síntesis del grupo Hemo que se da en las porfirias puede verse aún más agravada por la ingesta de ajo. Eso se debe a que, de normal, las personas que tienen porfiria siguen produciendo el grupo hemo aunque en menor cantidad. En algunos tipos de porfiria, si además añadimos ajo, la alteración es mucho mayor ya que actúa “bloqueando” aún más el proceso de síntesis del grupo hemo. Por tanto, se produciría instintivamente una repulsión completa a este alimento tras tomar por primera vez este alimento y comprobar que sus síntomas empeoraban.
Presencia de sangre en dientes
   Cuando pensamos en un vampiro con sangre entre sus colmillos es lógico pensar que hace poco que ha encontrado una víctima de la cual alimentarse. Precisamente, otra de las características de la porfiria es que las porfirinas pueden provocar orinas y dientes rojizos (eritrodoncia). La gente, llevada por la superstición, posiblemente confundiera esos dientes rojizos con la ingesta de sangre.
 Sin reflejo en el espejo
   Además de las porfirias, existe también una enfermedad que podría haber alimentado el mito del vampirismo: La rabia. En ella podría encontrarse una aversión al ajo y a la luz debido a una hipersensibilidad. Si unimos eso al hecho de que la rabia puede provocar un aumento de agresividad e hiperactividad que podría llegar a altas horas de la noche, la teoría de la rabia toma más fuerza. Precisamente, en la cultura popular de hace siglos se encontraba el dicho de que un hombre sin rabia podía mirar a su propio reflejo. De ahí que los vampiros no pueden verse reflejados en los espejos, al estar “rabiosos”.
Hombres Lobo
   Híbridos antinaturales con cierto aspecto humano pero con comportamiento totalmente animal, los hombres lobo a menudo se han asociado como monstruos inferiores en la jerarquía de los monstruos de terror. La poca capacidad de razonamiento que poseen les lleva a actuar en impulsos sin estrategias elaboradas de caza como los vampiros. La brutalidad y la puesta en escena sin rodeos es su modus operandi.
Aspecto de Lobo
   El lupus eritematoso sistémico es una enfermedad autoinmune. El sistema defensivo no reconoce a los tejidos como propios, sino como extraños y comienza una reacción inmune contra el propio cuerpo. Es decir, se vuelve loco y no distingue aliados de enemigos. Es una enfermedad que puede manifestarse de mil maneras diferentes por lo que la llaman “la gran simuladora”. Una de sus principales manifestaciones es el enrojecimiento de la piel por un fenómeno de inflamación.
Su nombre, “lupus”, significa precisamente lobo en latín. Y no es casualidad, ya que puede provocar, debido a ese enrojecimiento de la piel en zonas concretas, una cara con aspecto de lobo.
 Aparte del lupus, también podríamos encontrar una enfermedad mucho más rara pero cuyo aspecto bien daría lugar a la confusión con un hombre lobo, la hipertricosis lanuginosa congénita.
La presencia de pelo a lo largo de casi todo el cuerpo que tienen las personas con este síndrome podría haber alimentado la imaginación de la gente. Fácilmente podrían haberse pensado que eran cruces entre hombres y lobos o simplemente monstruos salidos del más remoto bosque.
Agresividad Animal
   Entre las numerosas causas que podrían explicar el comportamiento brutal de esta criatura, encontramos principalmente dos: La licantropía y los niños salvajes desarrollados desde pequeños en plena naturaleza. La licantropía consiste en un trastorno mental en el cual la persona cree que es un lobo y se comporta como tal: Come carne cruda, se comunica por gruñidos, se mueve a cuatro patas, etc. En numerosos países de Europa a lo largo de la Edad Media se dieron numerosas situaciones de alarma social por la temida existencia de los hombres lobo (al igual que las brujas). Esta histeria colectiva pudo llevar a que trastornos mentales como la licantropía aparecieran aún más debido a la influencia que la cultura tiene sobre este tipo de trastornos. Aquellos que ya de por sí estaban al borde de la locura veían como ésta tomaba forma en aquello que más imaginación y miedo provocaba en la población. Los niños salvajes, apartados de la sociedad desde pequeños, adquieren un comportamiento animal que bien podrían haber reforzado aún más el mito de los hombres lobo. Eran incapaces de comunicarse excepto con gruñidos. Aún con la más estricta educación tras reinsertarlos en sociedad, sólo se podía conseguir que mencionaran algunas palabras sueltas. Su forma de moverse, de comer y, en definitiva, de vivir, les convertían en el objeto de todas las miradas. La famosa historia de Mowgli en el Libro de la Selva no es sino una narración con una base más real que ficticia. Aún a día de hoy todavía pueden verse de tanto en tanto de niños criados en plena naturaleza que han logrado sobrevivir por ellos mismos.

Extraído de: http://medtempus.com/archives/el-lado-medico-de-los-monstruos-de-terror-vampiros-y-hombres-lobo/





miércoles, 22 de abril de 2015

Leyenda Urbana - Rufina Cambaceres.


Rufina Cambaceres
1883- 1902

    La historia de la señorita Rufina Cambaceres se contó de generación en generación y cada boca que la relataba iba agregándole algo distinto, es por eso que hoy en pleno siglo XXI no se puede conocer una “única verdad” de esta historia.
     La hipocresía de una época también hizo lo suyo, ya que los prejuicios de comienzos de siglo pasado eran tanto que se tejieron por aquel entonces cientos de versiones diferentes.

   La familia de Rufina vivía en una distinguida y hermosa casona en la calle Monte de Oca del barrio de Barracas casi enfrente de la Casa Cuna (hoy ya demolida), a pesar de su opulencia su familia estaba signada por el “malquehablar” de la época, esto fue porque  Eugenio Modesto del Corazón de Jesús Cambaceres  
de la alta aristocracia argentina, abogado, graduado en la facultad de derecho, que había sido elegido diputado por la legislatura porteña en 1871 era muy transgresor para su época. Durante su mandato presentó un proyecto de separación de la Iglesia y el Estado que produjo un gran escándalo en la sociedad de la época.
En 1876 se dedicó a escribir, logrando poner ante los ojos de todos, la hipocresía de la “santurrona” alta sociedad porteña de fines de siglo XIX con sus urticantes obras.
Para colmo de males, en uno de sus viajes a Europa conoce a Luisa Baccichi (foto), una bailadora austríaca con la cual se casa y regresa a Buenos Aires.

Recordemos que por aquel entonces toda mujer que integraba una compañía de baile era considera menos que una “prostituta”, tal es así que al apellido de luisa rápidamente lo trasformaron en “bachicha” siendo tomado en sorna en todas las fiestas de la alta sociedad porteña.
En ese contesto nace un 31 de mayo de 1883 Rufina, una niña que creció retraída de cara a todas las cosas que tenia que escuchar de su familia, para colmo de sus males a la edad de 5 años pierde a su padre.
Rufina pasó su niñez entre la casona de Monte de Oca y un Campo heredado de su abuelo Llamado el “El Quemado” allí se refugiaba y soñaba de “cómo iba a ser su vida cuando creciera”.

Los días pasaron rápido y Rufina poco a poco se fue trasformando en una adolescente encantadora, heredando muchas de la “dotes de su madre” que aunque ya mayor, conservaba muchos de sus encantos. Tal vez será por eso que Luisa supo conquistar hasta el mismo “pretendiente” de su hija, que no era otro que Hipólito Yrigoyen un político muy influyente de la época.
Un versión de esta historia indica que Yrigoyen (que por aquel entonces tenia 45 años) conoció a Rufina cuando ésta tenia tan solo 15 años. Él frecuentaba su casa y la niña ta vez se enamoró por falta de una imagen paterna. Recordemos que por aquel entonces “era muy común que señores grandes filtrearan y se casaran con adolescentes a pesar de una diferencia grande de edad”.

No se sabe si Yrigoyen correspondía el amor que sentía la niña, pero sí sabemos que (el que iba a ser presidente de los argentinos en 1916) mantenía una relación con Luisa, de hecho de esa “pasión” nació un hijo Luis Herman Irigoyen que (auque reconocido con el tiempo) tubo que cambiar la Y por una I latina.
De esto nada sabia la joven Rufina, ella seguía con su “sueño idílico” y tanto sus amigas y su madre alimentaban la pasión de la soñadora adolescente.
Según los “corillos” que se dijeron por en aquella época (y no sabemos si influenciado por la mala imagen de Luisa o que) era que “Bachicha dopaba a su hija”, con somníferos para realizar encuentros “furtivos” de amor con Yrigoyen en su casa de Montes de Oca, tal vez, esta versión salió para de algún modo “justificar” lo que le sucedió con el tiempo a la pobre Rufina.

La supuesta muerte de Rufina
     El 31 de mayo de 1902 Rufina cumplía 19 años, durante años había alimentado sus sueños que el mismo Yrigoyen se había encargado de hacer crecer, ya mayor (se imaginó) que es noche era especial y que luego de festejar con una tertulia en su casa e ir al Tetro Colon a escuchar una orquesta sinfónica, llegaría por fin el momento de darle rienda suelta a todo el amor (que según ella) se prodigaban.
Pero ese día, mientras Rufina se preparaba para la gran velada, una amiga se encargó de abrirle los ojos y le explicó lo que todo el mundo en definitiva sabía.
Le habló de “la pasión de su madre con su pretendiente” y que en realidad “su medio hermano era hijo de Yrigoyen”.

    A Rufina Cambaceres en ese momento “se le paralizó el corazón” y esto es literal”.
    Los gritos de los sirvientes que vestían a Rufina alertaron a todos los presente, su madre corrió a su habitación y vio a la joven cumpleañera sin signos vitales en el piso, un médico que se encontraba en la casa trató de reanimarla pero no pudo, después, dos médicos más confirmaron su muerte “síncope” aseguraron y rubricaron.
Rápidamente Rufina fue alojada en la bóveda de su tío Antonio Cambaceres, estanciero de gran fortuna y director del Banco provincia de Buenos Aires, donde también estaban los restos de su padre.


    Lo que sucedió después sólo Dios y Rufina lo saben, lo cierto es que un cuidador durante su ronda diaria escucho golpes que provenían en dirección de la cripta donde había sido depositada un día antes Rufina, éste sin percatarse demasiado (y conciente de que seguramente había sido uno de los tantos gatos del cementerio) pegó un ojo sobre el vidrio de la gran puerta de hierro de la bóveda y notó que el cajón de Rufina estaba levemente corrido del estante, rápidamente avisó a la familia, que acudió de inmediato que sin preocupación acomodo el féretro nuevamente en su lugar, sin dar demasiada trascendencia al curioso hecho.
    La leyenda cuenta que su abuela en Italia al enterrase de lo sucedido viajó lo más urgentemente posible a Buenos Aires (recordemos que en aquel tiempo sólo existía el barco para comunicarse de un continente a otro) y a su llegada ordenó abrir el cajón de su nieta a penas unas semanas muerta. Al abrir el ataúd de encuentran con el espantoso cuadro aterrador, el cuerpo de la bella adolescente de espaldas y su cara toda arañada, seguramente de la desesperación.


    Rufina no estaba muerta, había tenido un ataque de catalepsia y había despertado dentro de se ataúd, golpeo y trato con todas sus fuerzas poder salir, pero no pudo. Tal vez, pensó en ese momento “que sentido tenía seguir viviendo si toda su vida había sido una mentira”, pero igual luchó y se aferró a la vida al menos por instinto.
El de Rufina fue el primer ataque de cataléptica que registro el país y a partir de allí alguno dicen que a los muertos se los empezó a velar al menso 24 hs. después de fallecidos.
Su abuela mando a construir un nuevo féretro, este sin ningún tipo de cerramiento y con su tapa apenas apoyada (por las dudas)

además, mando a construir un monumento en su honor en mármol estatuario de Carrara (que se encuentra en la ochava de la bóveda), para que nadie olvide su historia, allí se la ve a Rufina con una mano desfalleciente, tratando de abrir una puerta y una lagrima cayendo por su mejilla derecha, tal vez por su penosa vida, o lo ridículo de su muerte en el mismo día de su cumpleaños, o por su amor…ése que jamás fue correspondido.

fuente:
https://mortaja.wordpress.com/rufina-cambaceres-%E2%80%9Cla-que-desperto-de-su-muerte%E2%80%9D/

Leyenda Urbana - SANGRE ESCOLAR – LEYENDA URBANA DE MONTE GRANDE


    Cuenta la leyenda que hace muchos años la directora de un prestigioso colegio de la zona de Monte Grande en una revisión rutinaria de las instalaciones de la escuela, encontró el cadáver de la señora de la limpieza tirado en el baño en un gran charco de sangre. Tenía la ropa llena de sangre y su cuerpo de profundas heridas. Su cara estaba absolutamente demacrada y aplastada.
Aterrada, llamó a la Policía y estos se llevaron el cadáver, al parecer había muerto tras varias horas de crueles torturas.
    Nunca se descubrió al culpable y la memoria de lo sucedido fue pasando de generación en generación de estudiantes, que contaban la historia entre burlas y sin darle la mayor importancia.
Actualmente se dice que, si te encierras a solas en el baño, puedes sentir como la mujer toca la puerta… Si cometes el error de abrirle, su espíritu atormentado entrará y te torturará del mismo modo que lo hicieron con ella.

lunes, 20 de abril de 2015

Mitología y valores.

¿Cómo utilizar el mito en el contexto educativo?


   La pregunta de cómo surgen, cómo se perpetúan y transforman los mitos a lo largo de generaciones es una de las que más quebraderos de cabeza ha ocasionado a historiadores, antropólogos, sociólogos y demás especialistas en la materia. Aunque todos ellos han aportado su granito de arena al tema, ninguno ha conseguido dar con la clave. ¿Por qué surgen los mitos? ¿Por qué las sociedades articulan su visión del mundo en torno a una serie de relatos que explican la realidad que les rodea? La explicación tradicional sitúa el pensamiento mítico en la fase más primitiva del desarrollo de la Humanidad, antes de que se diera paso al raciocinio y al uso del logos, de la lógica, para explicar la realidad. No hay duda de que el mito está enraizado en lo más profundo de nuestro ser; sin embargo, aunque hayamos dado en apariencia el salto hacia el logos de forma plena, los mitos siguen vivos en nuestra sociedad del siglo XXI. ¿Por qué nos siguen fascinando los relatos míticos? ¿Por qué, si sabemos que el Sol es una estrella alrededor de la cual gira el planeta Tierra seguimos leyendo con pasión el mito de Faetón y su carro celeste? ¿Por qué sigue fascinando la idea de que la sucesión de las estaciones se debe al rapto de Perséfone y al pacto que obliga a ésta a permanecer medio año junto a su esposo en el Hades y medio año junto a su madre en la superficie?
    Los mitos han conservado su fuerza prácticamente intacta después de casi tres milenios de vida. El poder sugerente de los mitos lo entendieron muy bien los eruditos medievales, que aunque ya no creían en aquellos dioses paganos tan llamativos, siguieron utilizando sus historias para enseñar lecciones morales a los creyentes. El mito podía ser una gigantesca mentira, pero eso no invalidaba su mensaje. ¿Podemos utilizar este mensaje en el ámbito educativo del siglo XXI?
    Hay muchas razones por las que la mitología clásica debería estar presente de forma constante en un buen plan de estudios, desde la más tierna infancia hasta el bachillerato. Dejaremos de lado cuestiones cruciales como que sin conocer la mitología clásica es imposible entender la Historia del Arte o la Literatura de cualquier época. Dejaremos de lado el hecho de que nuestras ciudades sigan plagadas de símbolos mitológicos que pasan desapercibidos a los ojos de los no iniciados. Centrémonos sólo en cómo los mitos pueden contribuir a una educación en valores. En un momento en el que la asignatura de Educación para la Ciudadanía está a punto de ser suprimida por la enésima reforma ministerial, en un momento en el que la Filosofía y la Ética quedan relegadas a un papel de simple adorno testimonial, la mitología puede tratar de cubrir el vacío que dejan estas materias. La mitología clásica ha sido durante siglos, incluso milenios, el vehículo para transmitir los mejores valores de la sociedad occidental. Lo hicieron los propios griegos y romanos, lo hicieron los eruditos medievales y lo hicieron los maestros de la Ilustración. Sería de locos ignorar esta larga tradición que tantos éxitos ha cosechado. Una enseñanza puede transmitirse de manera abstracta, pero desde luego prende de forma mucho más profunda y duradera si se la dota de un contexto atractivo. Ese es el papel que puede cumplir la mitología. Veámos algunos ejemplos.
    Aunque algunos grupos ultraconservadores se resistan a ello, uno de los principales campos de trabajo de los planes de acción tutorial es el de la educación en el respeto a la variedad afectiva y sexual. Todavía hoy, por desgracia, presenciamos casos de homofobia, transfobia y acoso entre jóvenes que podrían solucionarse potenciando la educación en el respeto a la diversidad frente a la heterosexualidad como norma impuesta. El mundo antiguo nos ofrece una gran cantidad de ejemplos positivos de personajes homosexuales y bisexuales que pueden ser ofrecidos para que los alumnos entiendan la variedad como la tónica habitual. Nuestra visión del mundo suele asociar al homosexual con debilidad y afeminamiento. ¿Y si el alumno supiera que el poderoso Hércules tuvo amantes de su mismo sexo? ¿Qué decir de la relación entre Aquiles y Patroclo? ¿Y Apolo y el joven Jacinto? Con estos ejemplos, el mito permite al niño o al adolescente entender que a lo largo de la Historia han sido muchas las maneras de entender la realidad del amor y el sexo, y sacar como conclusión que la tolerancia es el único camino posible.
    ¿Qué mejor manera de combatir el machismo en las aulas que estudiando casos de mujeres fuertes que vivieron en pie de igualdad con los hombres? Pese a que la sociedad griega y latina fue esencialmente machista, no es difícil encontrar en la mitología ejemplos de estas mujeres que no se dejaron someter jamás por varón alguno. Basta pensar en las diosas Atenea o Artemisa como casos de féminas poderosas que nunca cedieron ante hombre alguno en fuerza o destreza en sus campos.
¿Queremos enseñar el valor de no juzgar a los demás por su apariencia? Ahí tenemos el magnífico pasaje de Ovidio sobre Filemón y Baucis y la manera en la que agasajaron a los dioses Júpiter y Mercurio disfrazados de mendigos. ¿El valor de la inteligencia frente a la fuerza bruta?
Dioses del Olimpo
 Homero nos da la respuesta en sus versos sobre Odiseo frente al cíclope Polifemo.
Con total seguridad, podríamos encontrar un mito adecuado a cada enseñanza que quisiéramos transmitir a nuestros alumnos. No en vano, estamos hablando de un patrimonio cultural que se forjó a lo largo de varios milenios y que las civilizaciones posteriores han ido enriqueciendo hasta llegar a nuestros días.

    ¿Cuál es el contexto en el que podríamos utilizar estos mitos? ¿Sólo la asignatura de Cultura Clásica o el tan maltratado Latín? Sería un craso error hacerlo así. El uso de la mitología como transmisora de valores puede tener cabida desde las amplias asignaturas de cualquier ciclo de primaria como, desde un punto de vista más maduro, en las asignaturas de Lengua o Ciencias Sociales de secundaria. ¿Por qué no utilizar los mitos también en las horas de tutoría para abordar dinámicas y reflexiones con los alumnos? Lo mitología no tienen límites, ni los tiene el aprovechamiento que los estudiantes puede hacer de ella.
    No hay más remedio que tocar, por último, la gran limitación que pueden encontrar los docentes a la hora de poner en práctica este uso de la mitología como transmisora de valores. Una limitación que no es otra que las carencias en formación clásica que los docentes en primaria y la mayoría de los especialistas en secundaria suelen presentar. Poco espacio hay para la literatura y la mitología clásica en los programas de formación de maestros de primaria y profesores de secundaria. Hacer un sondeo entre el actual cuerpo de docentes para averiguar cuántos de ellos conocen los mitos de Apolo y Dafne, Narciso o Aracne, por citar sólo algunos de los más conocidos, ofrecería un resultado tan vergonzoso que sonrojaría a cualquier político mínimamente responsable. Con estas carencias como punto de partida, resulta muy difícil abordar un cambio que no pase por modificar la formación de los docentes en materias clásicas. Hace cien años que un profesor desconociera las Metamorfosis de Ovidio resultaba impensable. Hoy, por desgracia, es la norma habitual.
fuente: http://portalmitologia.com/mitologia-y-valores-como-utilizar-el-mito-en-el-contexto-educativo

martes, 10 de marzo de 2015

La caja de Pandora - Mito Griego. (Versión)


    Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando nuestro mundo se hallaba en la infancia, había un niño llamado Epimeteo, que nunca había tenido padre ni madre, y para que no estuviera solo, otra niña, procedente de un lejano país, y que se llamaba Pandora, fue llevada a vivir con él.
    La primera cosa que vio Pandora al entrar en la casa en que vivía Epimeteo, fue una gran caja, y casi inmediatamente después de haber atravesado el umbral, preguntó qué había en ella.
—Mi querida Pandora —contestó Epimeteo —es un secreto. La caja fue dejada aquí, para que estuviese bien guardada; y yo mismo no sé lo que contiene.
—Pero ¿quién te la dio? —preguntó Pandora —¿De dónde procede?
—Una persona de aspecto risueño e inteligente la dejó ante la puerta antes de que llegaras tú; y según vi, apenas podía contener la risa al hacerlo.
—Ya lo conozco,—dijo Pandora pensativa—era Mercurio. Éste fue quien me trajo, y sin duda hizo lo mismo con la caja. Estoy segura de que es para mí, y probablemente, contiene hermosos trajes y juguetes o bien una golosina.
—Es posible—contestó Epimeteo alejándose—pero hasta que Mercurio regrese y nos autorice para ello, no tenemos el derecho de abrirla.
—¡Qué muchacho tan tímido! —murmuró Pandora, cuando el niño salía de la casita. —Me gustaría que fuese más animoso.
Y en cuanto Epimeteo se marchó, la niña se quedó mirando el objeto que había despertado su curiosidad.
    Las esquinas de la caja aparecían talladas con mucho arte y primor. En los lados había figuras muy graciosas de hombres, mujeres y lindísimos niños. La cara más bonita de todas había sido esculpida en alto relieve, en el centro de la tapa. Ninguna otra particularidad se advertía, exceptuando la obscura y lisa riqueza de la madera pulimentada y el rostro del centro con unas guirnaldas de flores sobre sus cejas.
    La caja permanecía bien cerrada y no por una cerradura u otro medio semejante, sino con una cuerda de oro cuyos dos extremos estaban atados de un modo tan complicado, que, probablemente, nadie habría logrado deshacer el nudo. Y, sin embargo, precisamente al ver tal dificultad, más deseos sentía Pandora de examinarlo, a fin de averiguar cómo había sido hecho.
—Creo—se dijo—que ya sabré des-hacerlo y luego atarlo otra vez, y como de ello no ha de resultar ningún daño…
    Ante todo, trató de levantar la caja. Elevó un lado algunos centímetros y la dejó caer, produciendo algún ruido. Un momento después le pareció oir que dentro se removía algo. Aplicó el oido y escuchó. Sin duda alguna se percibían dentro algo así como murmullos apagados.
Y al retirar la cabeza, sus ojos se clavaron en el nudo de la áurea cuerda.
—No hay duda de que quien hizo este nudo es persona muy ingeniosa, se dijo —pero me parece que lo podré deshacer.
    Entretanto los brillantes resplandores del sol atravesaron la abierta ventana. Pandora se detuvo para escuchar, pero al mismo tiempo e inadvertidamente, retorció algo el nudo, y con gran sorpresa vio que la cuerda de oro se había desatado por sí misma, como por magia.
—¡Que cosa tan extraña! —exclamó la niña. —¿Qué dirá Epimeteo? —¿Sabré hacer otra vez el nudo?
    Hizo una o dos tentativas para conseguirlo, pero pronto vio que tal intento era muy superior a su destreza. Así, pues, nada podía hacer, sino dejar la caja desatada hasta el regreso de Epimeteo.
    Entonces la niña pensó que su amigo creería que había mirado el interior de la caja, y no siéndole posible evitar que así se lo figurara, díjose que lo mejor era justificar tal sospecha satisfaciendo su curiosidad… No habría podido asegurar si era ilusión o no, pero le parecía que algunas voces murmuraban dentro de la caja:
—¡Déjanos salir, querida Pandora, déjanos salir! ¡Seremos para ti muy buenos compañeros de juego! ¡Oh, déjanos salir!
—¿Quién será? —pensó Pandora.— Sin duda hay alguien vivo dentro. Sí, seguramente. Voy a dar una mirada, sólo una y luego volveré a cerrar.
Pero ya es tiempo de que veamos lo que hacía Epimeteo.
    Aquella era la primera vez, desde que llegara su compañera de juegos, que iiabía tratado de divertirse solo, pero como se aburría, decidió interrumpir sus juegos y volver a donde estaba Pandora. En el momento en que iba a entrar en la casita, la mala niña tenía la mano a punto de levantar la tapa de la caja, y Epimeteo la vio. Si él la hubiera avisado dando un grito, Pandora, probablemente, habría retirado la mano de la caja; y tal vez no fuera conocido aún el fatal misterio que guardaba.
    Cuando Pandora levantó la tapa, el aire se obscureció porque una nube negra salió de ella y se extendió ante el sol, ocultándolo completamente. Luego, durante algunos instantes, se oyó un murmullo y una serie de gruñidos que pronto se transformaron en un fragor parecido al estampido del trueno… Pero Pandora, sin hacer caso de ello, acabó de levantar la tapa de la caja y miró a su interior.
    Pareció como si una multitud de seres alados pasaran rozándole el rostro, huyendo del encierro, y en el mismo instante oyó la voz de Epimeteo que exclamaba en tono lastimero, como si experimentara algún dolor:
—¡Oh, me han picado! ¡Me han picado! ¡Perversa Pandora! ¿Por qué has abierto esa maldita caja?
    La niña dejó caer la tapa e incorporándose miró a su alrededor para ver qué le había ocurrido a Epimeteo. La nube que se había formado obscureció de tal modo la habitación que apenas podía divisarse lo que en ella había. Pero oyó un desagradable zumbido, como si por allí revolotearan enormes abejorros. En cuanto sus ojos se hubieron acostumbrado a la imperfecta luz que reinaba, vio un enjambre de feas y asquerosas figuras provistas de alas de murciélago y armadas de terribles aguijones en sus colas, una de las cuales fue la que picó a Epimeteo. Pocos ins-tantes después también Pandora empezó a quejarse, pues sentía no menos dolor y miedo del que experimentara su compañero de juegos, pero sus quejas fueron más ruidosas que las de Epimeteo. Un repugnante y ruin monstruo se posó en su frente, y la habría herido tal vez de gravedad, si Epimeteo no lo hubiera impedido.
    Ahora, si desea saber el lector quienes eran aquellos feos seres evadidos de La caja en que estaban prisioneros, le diremos que formaban la familia completa de los males. Había malas Pasiones, muchas especies de Cuidados, más de ciento cicuenta Dolores y Tristezas, gran número de Enfermedades y, en fin, más formas de Maldad de lo que es dable imaginar. Entretanto no sólo Pandora, sino también Epimeteo, ha-bían sido gravemente picados y sufrían mucho, cosa que les parecía tanto más intolerable, cuanto que era el primer dolor que sentían desde que existía el mundo. Por esta razón estaban de muy mal humor y muy disgustados uno de otro.
    Epimeteo se sentó en un rincón dando la espalda a Pandora y ésta, por su parte, se dejó caer al suelo, apoyando la cabeza sobre la fatal y abominable caja. Lloraba amargamente como si su corazón fuera a destrozarse.
De pronto se oyó un golpecito proce-dente del interior de la caja.
—¿Quién podrá ser? —se preguntó Pandora, levantando la cabeza. En cuanto a Epimeteo, o no había oído el golpe, o estaba demasiado preocupado para hacer caso de él. Sea como fuere, no contestó.
—¿Por qué no me hablas? —exclamó Pandora sollozando
Y entonces se oyó nuevamente el golpecito, procedente del interior de la caja. Era tan suave que parecía como si lo dieran los dedos de una hada.
—¿Quién eres? —preguntó Pandora sintiendo aún cierta curiosidad.
Una vocecita dulce contestó a sus palabras, diciendo:
—¡Levanta la tapa y lo verás!
—No, no—contestó Pandora echán-dose a llorar de nuevo. —Ya estoy escarmentada de haber abierto la caja. ¡Ya que estás encerrada, no saldrás!
Y miró a Epimeteo mientras hablaba, solicitando su aprobación a lo que acababa de decir. Pero el muchacho sólo murmuró que tal prueba de buen iuicio era tardía.
—¡Ah! dijo nuevamente la dulce vocecita —obrarás bien dejándome salir. No soy como esos monstruos que tienen aguijones en la cola. Ven, hermosa Pandora. Estoy segura de que me de-jarás salir.
    Y había un encanto tal en el tono de aquella voz, que casi era imposible negarse a lo que pedía. Pandora, al oiría, sentía disiparse su tristeza y Epimeteo, que continuaba en su rincón, volvió la cabeza mostrando en su aspecto mejor humor que antes.
—Querido Epimeteo—exclamó Pandora, —¿has oido esa vocecita?
—Sí, contestó él, todavía malhumorado—y ¿qué?
—¿Te parece que abra otra vez la caja?
—Obra como quieras —replicó Epimeteo. —Después de lo hecho ya no importa que repitas tu imprudente acción.
—Podrías hablarme con alguna mayor bondad —murmuró la niña enjugándose los ojos.
—¡Si estás deseando verme!—gritó la vocecita, dirigiéndose a Epimeteo. —Ven, querida Pandora, abre porque tengo gran prisa por consolarte.
—¡Epimeteo! —exclamó Pandora —Suceda lo que quiera, estoy resuelta a abrir la caja.
—Y, como la tapa parece muy pesada, —dijo el niño atravesando la habitación —yo te ayudaré.
    Y así los dos niños unieron sus fuerzas para abrir nuevamente la caja. Salió de ella un personaje sonriente, cuyo cuerpo parecía formado con rayos de sol.
   Empezó a revolotear por la estancia, iluminando los lugares en que se posaba. Se llegó a Epimeteo, y tocó ligeramente con uno de sus dedos el lugar donde le había picado el Dolor y en el acto el niño dejó de sentir sufrimiento alguno. Luego besó a Pandora en la frente y el daño que le causara el Mal fue tambiér inmediatamente curado.
—¿Quién eres, hermosa criatura?— exclamó Pandora—
—Soy la Esperanza —contestó el brillante ser.
—Tus alas tienen el color del arco iris —añadió la niña. —¡Qué hermosas son!
—Sí, son como el arco iris —dijo la Esperanza —porque aun cuando mi naturaleza es alegre, estoy formada de lágrimas y de sonrisas.
—¿Querrás quedarte para siempre a nuestro lado? —preguntó Epimeteo.
—No me moveré mientras me necesitéis —contestó la Esperanza sonriendo. —No os abandonaré mientras viváis en el mundo. Sí, queridos niños, sé que más tarde os será otorgado un don inapreciable.
—¡Oh, dínos cual!
—No me lo preguntéis —repuso la Esperanza poniéndose un dedo en sus rosados labios. —Pero no desesperéis, aun cuando nunca gozaseis en esta vida de la felicidad que os he anunciado. Creed en mi promesa, porque es verdadera.
—¡Creemos en ti! —gritaron a coro Epimeteo y Pandora.
   Y así lo hicieron, y no solamente ellos, sino que también todo el mundo ha confiado en la Esperanza, que desde entonces vive en el corazón de los hombres.
    Tal es el poético ropaje con que la imaginación griega ha vestido la caída de los progenitores del linaje humano, que con diversas formas se nos presenta en las tradiciones y mitos de los pueblos antiguos.


viernes, 24 de octubre de 2014

El entierro prematuro ( The Premature Burial ) - Edgar Allan Poe (1844)


   Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos  estremecemos, por ejemplo, con el más intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!
   Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros. Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos -abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.
   La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
   En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.
   La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características.
   Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
   Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre. Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba.
   Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
   La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación.
   El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen postmórtem (autopsia), pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
   Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.
   Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.
   El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.
   Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal..
   Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
   Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.
   En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios". Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: "¡Levántate!"
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú - pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito -replicó la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?"
   Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!
   Llegó una época -como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertando de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido.
   Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro. La desesperación -tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.
   Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.  El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd.
   Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso? -dijo una áspera voz, como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora? -dijo un segundo..
-¡Fuera de ahí! -dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés? -dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.
   Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión -pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.

   Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.